La noche más frío del año //Retalo

La noche más fría del año

En algunas partes del mundo, es casi normal que el frío sea tanto. En toda Rusia, en Noruega, en Alemania y en gran parte de Europa, por estos días primeros de enero, los termómetros han bajado mucho. A menos cuarenta grados han llegados en Noruega. Y, en algunas partes de Rusia, lo mismo o quizá más. Por eso allí y, en algunas ciudades, han creado hasta castillos de hielo. Tal es el caso de Irkutsk, la gran ciudad de Siberia, donde han hecho un museo del hielo, un gran palacio, todo construido con bloques de helados y dentro han colocado muchas figuras representando a los personajes de algunos cuentos clásicos. Todo de hielo transparente porque aquellos lugares se consideran los sitios más fríos del mundo y justo en estas fechas del año.

En el Cortijo de la Viña, al norte de la ciudad de Granada y en esta mañana diez de enero, el Anciano le decía a la niña:
- En Rusia, que haga tanto frío y que por las calles construyan figuras de hielo, es normal. Lo extraño es que estas cosas ocurran en nuestro país y más extraño es que suceda aquí en Granada.
Y ella preguntó al Anciano:
- ¿Tú crees que esta noche ha sido la más fría del año?
- Lo ha sido. Y por eso se han helado las cascadas del río, las fuentes en las calles y plaza de Granada, los ríos en las cumbres de Sierra Nevada y los manantiales y arroyos por estas tierras nuestras.
Y ella dijo:
- Quiero que me lleves a las cascadas del río. Un espectáculo como el de hoy solo ocurre en sueños o una vez cada muchos años.
Y él le contestó:
- Te voy a llevar a las cascadas heladas del río. También yo quiero verlas y disfrutar contigo tan fantástico y transparente espectáculo.
- ¡Vale! Porque también luego, cuando estemos por entre las obras de arte que dices el frío ha esculpido esta noche por esos sitios, quiero preguntarte algo.
- ¿Qué es lo que deseas preguntarme?
- Luego, cuando ya toque con mis manos las cascadas heladas del río, te lo digo.

Y no se habló más. Eran exactamente las nueve de las mañana del día diez de enero. Ocho grados bajo cero marcaba el termómetro que hay colgado en la puerta del Cortijo de la Viña. Quince o veinte grados bajo cero decían las noticias que por la noche, a las seis de la madrugada, habían señalado los termómetros de muchos sitios en Sierra Nevada. También hoy había mucha nieve en casi todos los paisajes de España. Nevó ayer mucho. Durante casi todo el día y hasta por la tarde. Luego, cuando ya se ponía el sol, las nubes fueron marchándose y esta noche se ha quedado por completo raso. Sin una nube en el cielo y por eso los termómetros han bajado tanto. Por eso ha helado y por eso, al amanecer de este nuevo día de enero, todo se ve tan frío, transparente y blanco.

Mientras se preparaban para salir del cortijo y ponerse en camino hacia las cascadas del río, observaban por la ventana. Bajo ella y fuera, se veían las ramas del acebo y, en estas ramas, los puñados de bayas rojas.
- Se habrán helado.
Comentó la niña.
Y en estos momentos se oyeron los chillidos de un mirlo y los alborotos de los gorriones.
- También estarán muertos de frío.
Seguía comentando. Y el Anciano le ayudaba a ponerse las botas, el abrigo, la bufanda y el gorro de lana. Ella continuaba diciendo:
- Y luego, si nos da tiempo y el frío no acaba con nosotros, quiero que me lleves a ver las fuentes de Granada. Será un espectáculo verlas heladas y también será un espectáculo ver heladas las fuentes y acequias de la Alhambra. ¿Te acuerdas del arroyuelo que corre pegado a la muralla?
- Claro que me acuerdo.
- Pues también quiero verlo. Helado y por entre aquellos olivos y raíces de los álamos, será emocionante. Y toda la Alhambra, con la blancura de Sierra Nevada al fondo, de ningún modo hoy quiero perdérmelo.

Ya el sol se derramaba limpio sobre los paisajes cuando salieron del cortijo. Cruzaron las eras, tapizadas de hierba, hoy blanca por la escarcha, y tomaron la senda que lleva al arroyo del balneario. De las ramas de las nogueras, desnudas de hojas y cubiertas por la escarcha, colgaban algunos carámbanos. Las últimas gotas de lluvia de unos días antes el frío las había convertido en hielo. Dijo ella:
- Dan ganas de cogerlos y comérselos.
- Cuando yo era pequeño siempre pensaba como tú ahora mismo. Y a estos carámbanos tan relucientes y cristalinos yo les llamaba “caramelos de invierno, regalo de las estrellas”.

Ella no comentó nada más en este momento. Se acercaron al arroyo del balneario y, antes de cruzarlo, vieron que por el lado de arriba, de la pequeña cascada, colgaban muchos carámbanos, mostrando las formas más variadas, todas bonitas y acariciadas por el limpio sol de la mañana. Junto a las aguas del arroyuelo, en los tallos de la hierba, en los palos de las ramas secas, en los juncos y en las piedras, el hielo colgaba en mil pequeñas figuritas brillantes. De nuevo comentó ella:
- Y en verano, ya sabes la de veces que nos hemos bañado en la corriente y charcos de este arroyo. Hasta me acuerdo ahora mismo que el día que estuvo por aquí ella las temperaturas llegaron a cuarenta grados. No se podía vivir y ahora, el frío es tan intenso que hasta se congela el aliento.

Cruzaron la corriente, siguieron la senda que lleva a la ladera del olivar, bajaron por entre el bosque de los robles y, sin dejar la vereda, fueron descendiendo hacia el río. Por donde las cascadas más grandes y los redondos charcos azules. Y conforme iban acercándose, hasta ellos llegaba el estruendo de las aguas. Los días de lluvia, durante casi dos meses y hasta anteayer mismo, habían dejado mucha agua por los campos. Y, sobre todo, en las montañas al levante y por entre los bosques de pinares y castaños. Por eso ahora esta mañana, el río bajaba tan lleno.
- Como hace ya muchos años que no lo he visto yo.
Comentó el Anciano. Y como respuesta ella dijo:
- Fíjate como se muestran las cascadas.

Frente a las grandes cascadas se pararon y el Anciano miró para donde ella señalaba. Y asombrado descubrió el fantástico espectáculo. De arriba abajo y hasta los mismos charcos, caía brillante un amplio manto de hielo: carámbanos en forma de estalactitas y estalagmitas, engarzadas entre sí como con hilos de plata y dejando traslucir su transparencia a los rayos del sol que los besaba. Y arriba, donde las aguas del río comienzan a despeñarse para forma la cascada, los bloques de hielo eran tan grandes que hasta daba miedo acercarse más. Pero ella no sentía miedo y por eso decía al Anciano:
- Quiero ponerme justo debajo y al borde del charco azul. Dame tu mano y sígueme con cuidado.

Le hizo caso él y, durante unos minutos más, caminaron por la orilla del río. Pisando cristales de hielo y procurando no resbalar. Cuando ya estuvieron donde ella pretendía, se pararon, miraron embelesados y entonces preguntó:
- ¿Crees tú que Dios existe?
Y el Anciano permaneció callado. Ella aclaró:
- Te hago esta pregunta porque sé que muchas personas dicen que Dios no existe. Pero yo pienso que estas maravillas tan perfectas que ahora mismo tenemos ante nosotros, alguien las tienes que haber modelado. Tú mira despacio y verás como descubres la mano de Dios en ellas.
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