Noche de fin de año // Un extraño relato

Noche de fin de año // Un extraño relato

Aquella noche, la penúltima del año, llovió mucho. Sin parar estuvo lloviendo casi toda la noche y, al amanecer, se incorporó en su cama. Enfrente tenía la ventana, por completo abierta y por ella miró durante mucho rato, mientras meditaba. Seguía lloviendo, no hacía frío y sí se oían las ramas de los cedros empujadas por el leve viento. Recordó que unas horas más tarde ya sería final de año. La última noche y meditó un poco en las fiestas y jolgorios que en esta noche viven muchas personas. Y pensó en ellas.

Las había conocido solo unos meses antes. Al comienzo del curso y, nada más verlas, las trató con el máximo respeto y atenciones. Procurando transmitirles su cultura, su forma sencilla y noble de ver y enfocar la vida, el cariño y amor por las cosas y personas y, sobre todo, intentando en todo momento que se sintieran respetadas, tanto en sus creencias y pensamientos con en sus cuerpos.

Él tenía su casa en uno de los barrios más bonitos de la ciudad. Lugar tranquilo, elevado en la ladera y por eso con hermosas vistas sobre la ciudad y la vega y sobre las altas cumbres. Y su hermosa y cómoda casa, estaba rodeada del mejor jardín. Con fuentes llenas de claras aguas, árboles frutales y muchas flores y hasta un pequeño bosque de pinos y robles. También naranjos que daban naranjas buenas y un trozo de tierra donde cultivaba hortalizas y legumbres. Por todo esto y por la gran tranquilidad y el amplio espacio su casa, aunque no fuera un palacio, sí era muy bella, muy cómoda, recogida y con aires puros.

Y a él no le faltaba de nada. Tenía buena calefacción, comida sana y abundante, teléfono y ordenador y coche para ir a donde quisiera. Pero vivía solo aunque continuamente ocupaba su tiempo en meditar y en hacer y dar a los demás no dinero ni alimentos sino cariño, respeto y apoyo humano. Por eso nunca tuvo ni sentía envidia de nadie ni tampoco exigía que los demás le aceptaran o lo comprendieran. Decía que era como era y así se manifestaba y dejaba que los demás fueran ellos mismos. Pero se sentía sabio, inteligente, bueno y muy seguro de sí. Nunca en su vida había sentido envidia ni de nada ni de nadie.

Por eso a ellas, nada más conocerlas, les ofreció todo lo que en sí era: sinceridad, cariño, respeto, libertad, sus manos y sus fuerzas. Sin más pretensión que ayudarles en lo que necesitaran. Pero ellas no se comportaron con respeto ni agradecidas. En varias ocasiones rechazaron su compañía y, en algún que otro momento, también le mintieron para irse con otras personas y sitios. No les reprochó nada. Dejó que pasara el tiempo, meditando en la distancia y en silencio y respetando sus modos de comportarse y de ser. Sentía que estaban en su derecho y eran libres.

Pero aquella mañana, el último día del año y después de la gran noche de lluvia, nada más despertarse pensó en ellas. Y cayó en la cuenta que a la noche siguiente ya sería Noche Vieja. Y él sabía que en esta noche muchos se van de fiestas, se emborrachan, bailan, se abrazan, se besan, vomitan y se mean por las calles y gritan y... Y pensó en ellas, extranjeras y jóvenes y muy alejadas de él. Y meditó despacio en muchas de las cosas que en esta noche se viven y sintió pena. Se dijo que en el fondo, aunque buscaran amigos y se divirtieran mucho en esta noche, luego se sentirían vacías y desorientadas. Porque, y según su modo de ver y sentir las cosas, no estaban comportándose con inteligencia ni hacían lo correcto. Y de nuevo sintió pena por ellas, mientras las recordaba y pensaba en la noche de fin de año.
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