El árbol de Navidad // FELICES FIESTAS A TODOS

Con este pequeño relato y este sencillo vídeo: “La Navidad en Granada”, con fotos mías y música arreglada e interpretada por mí, dejo aquí mi felicitación a todos. Y si alguien desea dejar algún comentario, se agradece de corazón.

Vídeo “La Navidad en Granada”:
http://www.youtube.com/watch?v=SflAuW__3bU


El árbol de Navidad

Llovió a lo largo de toda la noche. Sin parar en ningún momento y con chaparrones fuertes aunque sin viento. Y comenzó a notarse el frío según la noche avanzaba y por eso parecía que, también en algún momento, la lluvia se convirtiera en nieve. No fue así. Según la noche trascurría, la lluvia siguió cayendo mansa y persistente sobre las ramas de los árboles, sobre los grandes charcos en el suelo, sobre el empedrado, en la entrada del cortijo y sobre los campos, a lo ancho.

Ya de madrugada, el Anciano dejó su cama, abrió la ventana que da al acebo viejo y se puso a escuchar el chapoteo de la lluvia. Embelesado y al mismo tiempo como trasportado a un mágico sueño. Y, estaba él rumiando los recuerdos mientras gozaba la caricia de la lluvia en el alma, cuando se le acercó la niña. Recién levantada y, por eso, con sus ojos aun llenos de sueño y con la cara toda bañada en amapola y malva. Se puso al lado del Anciano, miró despacio, dejó que pasara un rato y luego dijo:
- Yo ya estoy preparada. Cuando tú quieras nos ponemos en camino.
- Con esta lluvia tan recia nos empaparemos. Pero lo que digas tú. ¿Vamos o lo dejamos para mañana?
- Ya sabes que a mí la lluvia no me asusta. Si tú te animas yo ya estoy dispuesta.

Salió la madre de su habitación, se acercó a la chimenea, removió las brasas de la lumbre, echó un puñado de ramas secas y al instante prendieron las llamas. Comentó ella:
- Os preparo el desayuno en un periquete.
Y comenzó a preparar las tostadas con aceite y el chocolate con leche. Poco después, sentados al calor de la lumbre frente a la chimenea, los tres saboreaban las tostadas recién hechas con una taza de chocolate calentito. Dijo de nuevo la madre:
- Poneros los gorros y los guantes, abrigaros bien y coged los paraguas. Las noticias dicen que hoy bajaran mucho las temperaturas y que caerá nieve casi por toda España. Y tened cuidado con los charcos, al cruzar el arroyo y con la cascada del Balneario.

El Anciano y la niña hicieron caso a la madre. Luego éste cogió su mochila gris y ella la suya pequeña y una linterna y, cuando todavía no había amanecido del todo, salieron por la puerta del cortijo. Envueltos en sus abrigos y bajo los paraguas. La lluvia seguía cayendo recia y persistente. Sembrando, a todo lo ancho de los campos y en la oscuridad de la madrugada, su concierto de cristales blando y dando vida a los pequeños arroyuelos, a los lados del camino y por las laderas. Comentó ella:
- Esto es el pórtico más real y bonito para recibir a la Navidad que dentro de nada llega.
Y se agarró fuerte a la mano del Anciano. Éste no hizo ningún comentario. Caminaba decidido por el camino que lleva a la Cañada de las Nogueras y acercándose al arroyo del manantial del Balneario.

Cruzaron la corriente saltando por unas piedras y siguieron. Rozaron las cascadas del Balneario, subieron por la Cañada de las Nogueras, de los naranjos junto a la acequia, cogieron unas cuantas mandarinas ya muy maduras, las guardó ella en su mochila y remontaron hasta lo más alto del Cerro de la Ermita. Comenzaron a divisar las luces de la ciudad allá a lo lejos. Volvió a comentar la niña:
- Mira qué bonita Granada, despertándose al nuevo día, bajo esta recia lluvia y velada en la frías nieblas.
- Sí que es bonita. Parece como si durmiera o se acurrucara en la espera de algo importante. Tú tienes razón en lo que dices: la lluvia, a veces, parece que asusta pero cuando cae como ahora y en un amanecer como éste, regala una fantasía tan grande que no tienen comparación con nada. La lluvia es bonita y muy buena.
- ¿A qué es una pena que no esté nuestra amiga?
- Una pena tan grande que hasta se convierte en tristeza.

Atravesaron el bosque de los castaños, se pararon un momento en el balcón de las encinas para contemplar las luces de la ciudad a lo lejos y luego comenzaron a baja. Ya empezaba a verse el nuevo amanecer. Las primeras luces del día comenzaron a perfilar las altas y blancas cumbres de Sierra Nevada, las laderas que desde estas montañas caen hacia la ciudad y la ancha Vega por donde se alejan los ríos de Granada. Volvió a comentar ella:
- Ya sabes que quiero comprar las más bonitas. Las de colores más vivos para que brillen mucho con los reflejos de las llamas de la lumbre.
- Tienes libertad para escoger las que a ti te gusten más.
La lluvia seguía cayendo.

Bajo los paraguas, descendieron lentamente hacia el encuentro de Granada. Entraron por las primeras calles del barrio alto, pisaron el empedrado de estas estrechas callejuelas, contemplaron algunos de los escaparates adornados con luces y figuras de Navidad y siguieron bajando. Sin prisa pero sin detenerse para llegar justo en el momento en que las tiendas abrieran. El frío, ya por las calles de la ciudad, parecía menos aunque la lluvia no cesaba. Y llegaron a la puerta del gran comercio. Todavía un poco antes de la hora de abrir y por eso esperaron un buen rato, refugiados en un rincón de la puerta. Dijo otra vez la niña:
- El color rojo es el que más me gusta y el azul y el verde. Recuerda tú que a ella, el color que también más le gustaba, era el rojo.
- Pues de estos colores cogemos todas las que tú quieras.

Abrieron las puertas del gran comercio, entraron mezclados ya con otras personas, recorrieron un amplio espacio y pasaron dentro. Se fueron directamente a las estanterías donde estaban las cosas de Navidad y se pusieron a buscar. Despacio y cogiendo todo aquello que a ella le gustaba. Madia hora después, pagaban en la caja, metió el Anciano en su mochila todo lo que pudo y salieron de establecimiento. Ya era casi mediodía y la lluvia seguía sin parar. Sin embargo, allá a lo lejos, se veían blancas las altas cumbres de Sierra Nevada. Relucientes como una sábana recién lavada. Comentó él:
- Allá arriba está nevando copiosamente.
Y susurró ella:
- Ojalá hoy también por aquí cayera mucha nieva.

No perdieron más tiempo. Subieron por las calles empedradas del barrio alto, al poco dejaron atrás las últimas casas de este barrio, cogieron el camino que lleva a la cresta del Cerro de la Ermita y, al coronar, la nieve les sorprendió. Primero, bandadas de copos pequeños y salpicados y luego, oleadas de copos grandes y muy apiñados. Dijo el Anciano:
- Vamos a parar y nos refugiamos un momento en el pórtico de la ermita. Yo sé que a ti te gusta la nieve y que estabas esperando verla caer. Desde aquí al cortijo nuestro ya queda poco y todo es cuesta abajo. Así que si la nevada es muy grande, en un periquete recorremos el camino y nos metemos en nuestro cortijo.
Y no se habló más. Tal como iban por el camino, se desviaron unos metros y se fueron derechos al pórtico de la Ermita. Aquí se refugiaron para ver más despacio y cerca la nieve caer. Comentó de nuevo el Anciano:
- Y como en tu mochila traemos las naranjas mandarinas que cogimos al subir por la Cañada de las Nogueras, mientras vemos la nieve vestir de blanco todos estos paisajes, nos las comemos.
Y ella dijo que era una muy buena idea.

Durante un buen rato, casi una hora o algo más, estuvieron refugiando en el pórtico de la Ermita. Viendo nevar y saboreando las deliciosas mandarinas de las Tierras del Cortijo de la Viña. Luego siguieron y descendieron despacio por la Cañada de las Nogueras. La nieve, en muy poco tiempo, cubrió de blanco las laderas del lado norte del Cerro de la Viña, las huertas de los naranjos y por donde el Cortijo. Llegaron, entraron, saludaron a la madre y dijo la niña enseguida:
- Ya hemos cumplido un buen trozo de nuestro sueño.
Aclaró la madre:
- Y el árbol ya está preparado. Vuestro acebo de siempre y el que a ella le gustaba tanto.
A la derecha de la chimenea, se veía una gran maceta de barro y en ella, el acebo de metro y medio, repleto de bayas rojas.

Enseguida la niña se preparó para decorarlo, pidiéndole al Anciano que le ayudara. Sacó éste de su mochila las bolas brillantes y las cintas de colores. Ella las fue trabando en el árbol, con mimo y cuidado. Las de colores azules, a la derecha, las de colores verdes, a la izquierda y las rojas, en el centro y frente a las llamas de la lumbre. Y en el centro total de las cintas rojas, colgó la más brillante y ancha. Miró al Anciano, miró a la madre y dijo:
- Ésta es especial para ella. El color rojo brillante era el que más le gustaba. Por eso quiero que destaque entre todas las demás y que brille con fuerza a la luz de las llamas de la candela. Para que esté muy presente y cerca de nosotros en estas fiestas y que compruebe que no la olvidamos.

Subió el Anciano a su habitación y al instante bajó las escaleras. Se acercó al árbol y a la hermosa cinta roja, abrió sus manos y en el centro de la cinta enganchó un pequeño rótulo que decía: “TE RECORDAMOS, ALBINA, Y TE QUERMOS. FELIZ NAVIDAD”.
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