La casa y el hombre // Relato

La casa y el hombre

La pequeña plaza era cuadrada, con una fuente de mármol en el centro, cuatro asientos a los lados, rosales jóvenes alrededor de la fuente, arriates de mirto en cada uno de los cuatro lados de la plaza y una farola de hierro fundido, en el rincón del fondo. A la pequeña plaza se llegaba por el lado sur, bajando unas escaleras de tres peldaños. Y se salía de ella por la estrecha callejuela, justo a los pies de la farola de hierro.

Y, aquí mismo, casi rozando el pie de hierro de la farola, crecía un acebo. Un verde arbusto de unos tres metros de alto que, en casi todas las épocas del año, estaba cargado de bayas rojas. Por eso, entre las ramas de este original y vigoroso arbusto, en todas las horas del día y parte de la noche, se veían pájaros: gorriones, currucas, petirrojos, tórtolas y mirlos. Los mirlos cantaban mucho al amanecer, al atardecer y también durante la noche. Animados ellos por la luz de la farola y para celebrar la abundante cosecha de bayas rojas siempre colgando de las ramas del acebo.

Casi rozando las ramas de este pequeño árbol, se veía la puerta de la casa. De madera, decorada con adornos de hierro fundido del mismo estilo que la farola y con un simple escalón en la entrada. A la derecha, lado por el que se llegaba a la plaza después de bajar los escalones, la casa tenía una pequeña ventana. También con hojas de madera y rejas de hierro que hacían juego con la farola y los adornos de la puerta. Pintada en negro, la reja de la ventana, exactamente igual que el pie y brazos de la farola y adornos de la puerta. Por eso, tanto la reja de la ventana como los adornos de la puerta y la farola, formaban un conjunto muy hermoso. Sencillo y simple pero muy bello que realzaba y daba solemnidad a la pequeña plaza y porque armonizaba mucho con la fuente de mármol y los chorrillos de agua que la llenaban.

La pequeña plaza y la casa, junto con todo lo que en el recinto decoraba, se encontraba al lado norte del cerro. Por donde las blancas casas del pueblo, chorreaban como buscando las tierras llanas, a kilómetro y medio más abajo. De aquí que la casa de la plaza fuera uno de los sitios más bonitos y cómodos del pueblo. A tan solo unos metros a la derecha, había varias tiendas, un coqueto paseo con bancos y que iba de un lado a otro del pueblo, la pequeña carretera que también atravesada por el centro del pueblo y el fabuloso balcón de piedra que servía para asomarse al barranco por donde corría el río. Todo un pequeño palacio, la blanca casa del acebo en la puerta y todo un remanso de tranquilidad y pura armonía.

Y más auténtica era esta serenidad, en cuanto se cruzaba el pequeño escalón de mármol en la entrada de la casa. Se llegaba enseguida a una salita casi cuadrada, la de la ventana con su reja de hierro y luego estaba la cocina y después las habitaciones y el pasillo que llevaba al huerto y al corral para las gallinas y algún que otro animal. Ya el huerto y el corral, quedaban en lo más elevado de una parte del cerro que ocupaba el pueblo. Por eso, para llegar al corral y al huerto, había que recorrer toda la casa, a lo largo de una calle que arrancaba justo donde las escaleras de la plaza. Se podía llegar, al huerto y al corral, por dentro de la casa recorriendo el pasillo de habitación en habitación o siguiendo la pendiente de la estrecha calle, por fuera de la casa.

Una familia humilde, con tres hijos, aquel año llegó al pueblo y alquiló la casa. Su dueño, desde hacía solo unos meses, no era rico del todo pero sí tenía algunos dineros y también tenía fama de ser caprichoso y pedante. Por eso un día, al poco tiempo de haber alquilado la casa a la familia humilde, llevó a acabo una de sus hazañas más desconcertantes. Al mediodía, aprovechando que la familia no estaba en la casa, llegó a la plaza con tres hombres. Venían estos cargados con ladrillos, sacos de cemento, palustres y espuertas de goma. Justo en la misma puerta de la casa se paró el dueño y les dijo:
- En no más de hora y media tenéis que hacer vuestro trabajo. Aquí tengo el dinero para pagaros y concluir esto en un abrir y cerrar de ojos.

Y se pusieron los hombres mano a la obra. Cogieron agua de la fuente, echaron yeso en la espuerta de goma, amasaron el yeso con el agua, cogieron ladrillos y comenzaron la obra. Con precisión pero aprisa. Con tanta prisa que, en menos de hora y media, ya tenían el trabajo terminado. Les dijeron al dueño:
- Hemos acabado. Cumple tú ahora con lo que nos ha prometido.
Y el dueño volvió a sacar los dineros, les pagó y se despidieron. Se sentó luego en uno de los bancos de la plaza y esperó mientras contemplaba la obra que había realizado. No tardó el padre en llegar y al ver lo que había ocurrido en la puerta de la casa, preguntó al dueño:
- ¿Y por dónde entro yo ahora a mi casa?
- Ya está viendo que la puerta ha sido tapiada y el acebo arrancado.
- Sí que lo estoy viendo y no te pregunto por qué lo has hecho porque tú eres el dueño. Pero ¿por dónde entro ahora a esta casa?
- Por detrás, por la puerta del corral y del huerto.
http://romi3.jimdo.com/el-rostro-del-alma-relatos/
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