Desde el collado de la hierba // Relato muy original

Desde el collado de la hierba

Lo vi subiendo por la cuestecilla, siguiendo la estrecha senda que remonta al collado, por entre la espesura de las encinas. Caminaba despacio pero seguro de sí y como si le interesara mucho llegar a lo más alto. Al fondo y a sus espaldas, se veía la llanura, algunas casas blancas más allá de la llanura y, más al fondo aun, las torres de la iglesia del pequeño pueblo. A este lado de la llanura y antes de la cuestecilla por la que subía, se veía al grupo. Como unas quince personas que, alrededor de un grueso tronco seco de encina, se esforzaban en encontrar la llave para abrir la puerta.

Oí que decían:
- Si giramos este nudo seco para la izquierda, creo que se abrirá la puerta.
- No podemos girarlo porque está muy duro y si lo forzamos puede romperse.
- Entonces ¿Cómo conseguiremos dar con la clave exacta para que la puerta se abra?
- Quizá sea solo cuestión de encontrar el resorte concreto.
- Sí, puede que todo sea más fácil de lo que pensamos.

Sentado en el collado, por mi izquierda lo seguía viendo remontar. A mi derecha, ya quedaba la otra vertiente del collado y, en primer término, se veían los surcos de los primeros arroyuelos. Algo más al fondo y lejos, los surcos de estos arroyos, ya eran mucho más profundos. Y todavía un poco más lejos, se veían las grandes colinas pobladas de bosques y decoradas con inmensos bloques de rocas. Al final de estas colinas, los surcos de los arroyos eran tan profundos, que solo se distinguía oscuridad y neblinas. Se adivinada por allí, las cascadas de los caudalosos ríos y las bellísimas corrientes de agua. También se adivinaban, cada vez más hondo en los barrancos y tapados por las nieblas, los grandes charcos remansados y las clarísimas aguas de los lagos azules y verdes.

Desde donde yo estaba sentado seguía observando su lento avanzar sendilla arriba en busca del collado. Solo, vestido con leve ropa color bosque, con un delgado palo en la mano para apoyarse y una gorrilla también color hierba. Me quedé quieto en mi sitio y, al fin, comprobé como iba llegando a la pequeña llanura del collado. Por aquí, tapizaba un fino manto de hierba, mojada por las últimas lluvias caídas hacía solo unas horas y por eso verde y fresca. A su derecha, según iba llegando, se clavaba la robusta encina, árbol más que centenario y cuyas oscuras ramas cubrían parte de la llanura del collado. Por eso, cuando ya comenzaba a llegar a lo más alto, durante unos minutos lo perdí de vista. Pero enseguida apareció.

Ahora ya donde las tierras del collado comenzaban a inclinarse para el lado de los barrancos de la niebla. Y vi que aquí mismo, se paró un momento. Miró despacio, como si escrutara las profundidades de los arroyos y luego se vino para la derecha. Para el mismo lado donde yo me encontraba. Temí que me viera, cosa que no me importaba pero prefería permanecer oculto. Me estaba interesando su comportamiento y el motivo que le traía hasta las tierras de este collado.

Y tuve suerte: no me vio. Estaba tan entusiasmado en lo que planeaba que no mostraba interés por nada más. Como si en su mente no existiera otro deseo, que llevar a cabo lo le había empujado venir hasta este sitio. Y creo que así fue. Porque, tal como venía moviéndose para la derecha del collado, comenzó a bajar hacia el comienzo de los arroyos. Derecho a una enorme roca que ahí mismo se clavaba en la torrentera. Llegó a esta roca, escaló por el lado más fácil, coronó a la parte más alta, se puso en pié, mirando siempre a la profundidades de los barrancos de la niebla, abrió sus brazos y se lanzó al aire.

Justo en este mismo momento, el corazón me dio un vuelco. Temí que se hubiera despeñado ladera abajo para acabar con su vida. Tampoco fue así si no que, para honda sorpresa mía, vi como quedaba suspendido en el aire. De igual forma que lo hiciera un gran pájaro. Y también de esta misma manera, vi como empezó a desplazarse y, con la suavidad de una pluma, se fue para las profundidades de los barrancos. Rozando las copas de los árboles y la superficie de las rocas más grandes pero sin dañarse ni tocar el suelo.

Por un momento llegué a creer que estaba soñando pero enseguida me convencí de que estaba despierto. Restregué mis ojos y seguí mirando, convencido de que lo que estaba viendo era tan real como la tierra del pequeño collado. Y fui descubriendo como, después de varias vueltas en el aire, siempre por encima de los paisajes de las colinas y barrancos, se vino de nuevo para el collado. Rozó, con carne y en su vuelo, otra vez las tierras del collado y siguió avanzando por el aire. Ahora ya por el lado de la cuestecilla de la senda. Se acercó a la primera llanura de las casas y se fue derecho a donde el grupo, alrededor del tronco seco de encina, buscaba la manera de abrir la puerta. Cerca del grupo se paró, los saludó y luego les pidió permiso. Hasta mis oídos llegaron los sonidos de sus palabras. Por eso escuché que preguntó:
- ¿Me permitís un momento?
- Intentamos dar con la clave para que se abra la puerta. ¿Acaso tú la sabes?
- Solo un momento.

Le abrieron paso, se acercó, ahora ya caminando y no volando, al tronco seco de la encina, buscó el nudo color ceniza, puso sobre él sus manos, hizo como un pequeño esfuerzo y el nudo giró un poco. Solo un poco y con suavidad y, a los pocos segundos, se abrió la puerta. En el mismo aire que llenaba el especio sobre la llanura de las casas blancas y como si fuera en una nueva dimensión. Vi que al otro lado de la puerta apareció un mundo completamente diferente a todo lo que siempre he visto en este suelo. Los que formaban el grupo, dijeron:
- ¡Es lo que estábamos buscando! ¿Cómo lo has conseguido?
Y no contestó a esta pregunta.

Volvió a poner su mano sobre el nudo color ceniza, apretó, giró un poco y la puerta comenzó a cerrarse. Los del grupo dijeron:
- No la cierres, por favor.
Pero él no les hizo caso. Siguió agarrado al nudo y la puerta continuaba cerrándose. Y, absorto hasta el extremo, ahora vi que, justo unos segundos antes de que la gran puerta se cerrara, saltó y se lanzó al aire. Comenzó a volar, con la suavidad de la pluma más leve y, en unos segundos, se perdió en el grandioso mundo que también quedaba oculto al otro lado de la puerta que de golpe se cerró.

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Agradecido y saludos: romi

Página a una colección de relatos muy bellos.
http://romi3.jimdo.com/el-rostro-del-alma-relatos/
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